Por trece razones (T2) – Necesario mensaje, innecesaria narrativa

Cuando te acercas a todo un fenómeno como Por trece razones, lo haces con cautela ya que tiene todas las de ser un producto específicamente creado para la controversia y que se hable de él. Tras una temporada en el que se contaba el suicidio de Hannah Baker y las razones por las que lo hizo, parecía que no se podía alargar mucho esa historia. Pero han realizado una segunda contándonos el juicio que enfrenta a los padres de la chica con el instituto. Si la primera temporada aún fue entretenida, ésta, pese a las buenas intenciones en su discurso, ha resultado aburrida. Pero veamos lo bueno y lo malo de esta temporada. (Puede contener spoilers, o no, bueno, no lo analizamos muy profundamente por si acaso, pero ten cuidado)

La necesidad del mensaje

La segunda temporada ha tratado los casos de violación de Hannah y Jessica. A rebufo del movimiento Me too, han plasmado el tema de una manera que pretende dar a conocer los casos de violencia machista que miles de mujeres sufren a diario. Una de las escenas de el último capítulo en el que la totalidad de las mujeres de las serie iban narrando historias de abusos es un alegato a no callar más. También se ha señalado a todos los hombres de la serie por sus comportamientos machistas. En este caso, ni Clay se libra de ser un capullo. Ningún hombre nos libramos. Nos muestran cómo la misoginia nace de la educación y el arraigo cultural. ¿Y qué decir de los juicios en los que el agresor o agresores se libran? Sobre todo los blancos con dinero. En la serie pasa, en la vida real, sabemos de buena tinta que también.

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Otra de las cosas de la que se acusó a la serie la primera temporada fue la de dulcificar el suicidio, con el tema de dejar cintas como “venganza”, podría hacer que los adolescentes decidieran tomar esta salida. Yo no creo que se hiciera una apología del suicidio pues la escena tan explicita del suicidio de Hannah no anima precisamente a ello. Y personalmente sufrí esa primera temporada como para ver algo de bonito en el suicidio. En eso precisamente ahonda la segunda temporada, nos recuerda y nos repite (quizá en exceso) que hay otras salidas. Al final de cada capítulo, de hecho, muestran una página de ayuda. Este año se han querido curar de espanto y argumentar que lo que Hannah hizo estuvo mal. Incluso algo que iba directamente destinado a ser una matanza estilo Columbine, se frena con un discurso de redención.

Por lo tanto, bien en abrir a la masa el discurso contra la violencia machista, contra las armas y la necesidad de la fraternidad para sobrevivir a un mundo perverso.

La innecesaria narrativa

Como serie, la primera temporada, salvo algún capítulo intermedio de relleno, te llevaba a seguir la historia bien atento. En la segunda, los momentos aburridos superan a los entretenidos. La narración es demasiado extensa. Muchos capítulos, muy largos y con poco que contar.

Es más, tiene varios agujeros de guión destacados. Por ejemplo, en la primera Bryce no sabía nada de las cintas y ahora parece que sí (antes de que Clay la saque a la luz), o Justin, tan amigo que era del primero, por qué no sabe nada de el famoso Club donde se hacían algo más que fiestas. Por no decir que en tan poco tiempo que se supone que ha pasado desde el final de la primera hayan pasado tantas cosas.

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Lo de que cada capítulo sea narrado por cada uno de los que declaran en el juicio queda redundante. Las polaroids y el misterio de quién las manda o el que está intentando evitar que los demás hablen, no encajan del todo y son menos relevantes que la operación de marketing que se han hecho de ellas. Además, todo eso se resuelve de una manera forzada. Un culebrón adolescente.  También el hecho de revolver en la historia de Hannah, añadiendo cosas que poco sentido puedan tener, sólo por la necesidad de contar algo nuevo, no ayuda. Y aunque nos encanta la química entre Dylan Minnette y Katherine Langford, el recurso de la aparición fantasma nos parece muy manido. Quizá lo más interesante, y mejor contado, es las trama de Jessica (Alisha Boe), y las secuelas de su violación.

En definitiva, una decepcionante y prácticamente innecesaria segunda temporada. La historia de Hannah sí que se ha cerrado ahora definitivamente. Langford ya ha anunciado que ella no seguirá en la tercera temporada. Y es que cual Disney con Star Wars, parece que Netflix quiere seguir explotando la gallina de los huevos de oro y ya ha confirmado una nueva temporada. Cuando ya no hay nada que contar. Es más, quitando dos o tres secuencias en el último capítulo, podría haber tenido un cierre medianamente decente. Pero dejan abierto algún frente. No por favor, no más, aquí se acaba, ya no hay más razones por las que seguir viendo esta serie.

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