La séptima fila

En estos tiempos modernos de vértigo y psicosis, en los que la metrópolis, la ciudad de Dios, la ciudad de las estrellas, donde no brillan ya las luces al este del Edén, nos invade la nostalgia de ser persona. “Amanece, que no es poco”, piensas mientras planeas ese viaje a la luna que nunca hicimos, ni siquiera nos acercamos tanto como la bicicleta de ET.

Ya no sales en primera plana, el padrino te ha abandonado y te hundes como el Titanic. Tu plan de regresar al futuro quiebra cuando ya no apareces como ciudadano Kane en la lista de Shindler. Vives en una odisea en el espacio. Hay una guerra en tu galaxia interior, te acecha un tiburón, quieres correr como Forrest pero hay mucha distancia entre Casablanca y Chinatown. Después de recibir los cuatrocientos golpes y enfrentarse a los siete samuráis con el puño de Rocky te han echado del club de la lucha.

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Vivimos condenados a una cadena perpetua tras haber dado el golpe a nuestro día a día y no por ser el ladrón de bicicletas. Vivimos atrapados en el tiempo. Sales de el apartamento, y sigues siendo uno de los nuestros, de los olvidados que sólo quiere vivir con faldas y a lo loco. Pero la rutina señala otra mañana de desayuno con diamantes falsos y zumo de la naranja mecánica.

Fargo habrá que hacer. Quizá visitar a el mago de Oz y pedirle que en nombre del padre podamos huir de Matrix, del jurásico parque de nuestra era, de replicantes de Blade Runner que buscan vencedores o vencidos y que huyen junto a su taxi driver por la jungla de asfalto.

Ser o no ser, tener y no tener, siempre up como Espartaco, gladiador y rey león lleno de furia. Iván el terrible entre los sospechosos habituales de el grupo salvaje. El ángel exterminador y toro salvaje que se enfrenta al caballero oscuro con chaqueta metálica del largo adiós. Así debes de ser, el buscavidas entre el feo, el bueno y el malo, cometer los siete pecados capitales sin perdón.

Recoger las fresas salvajes y pasar las vacaciones en Roma, ciudad abierta, dolce vita tuto a novecento…. ¡Qué alegría poder volver a ver el secreto de sus ojos! Oh, la gran belleza del amor, her love, se llame Carol o Annie Hall. Adèle, Rebeca, Mary Poppins, Elsa, Eva (al desnudo), Thelma  o Louise.

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Buscar el origen de todo y deshacerse de los malditos bastardos. Que el resplandor, ese the eternal sunshine of the spotless mind se cuele por la ventana indiscreta. Si alguna vez alguien voló sobre el nido del cuco ahógalo en el Mystic River. Todo esto no ha sido más que una gran ilusión, una pulp fiction de hora y media. Átalo todo con la cinta blanca y ponlo del revés para que tenga sexto sentido antes del atardecer.

Dejar de lado las uvas de la ira y antes de que nos ejecute el verdugo en nuestro apocalipsis now, saciar nuestra sed de mal. Quedamos al final de la escapada, cantando bajo la lluvia, esperando los días de vino y rosas. Allí nos espera una vida como la de Brian, lo negativo el viento se lo llevó. Encontrarse entre sonrisas y lágrimas y recordar lo bello que es vivir (o que la vida es bella) en la séptima fila del Cinema Paradiso.

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