‘A Ghost Story’, ‘Coco’, y la insoportable levedad del ser

Tener miedo a la muerte es algo inherente en los seres humanos. Tememos no saber qué habrá después (si hubiera algo), y tratamos de pasar por la vida dejando un rastro que no nos borre del todo cuando ya no estemos. El paso del tiempo, la existencia humana, es todo un misterio. La muerte convive con nosotros durante toda nuestra existencia. Perdemos seres queridos, pasamos el duelo, recordamos a nuestros antepasados, pero también acabamos olvidándolos cuando ya no hay quien se acuerde de ellos. De la pérdida, el duelo, el paso del tiempo, y el olvido hablan estas dos películas que son diferentes pero que nos sitúan en un escenario parecido y que nos han dejado un poso difícil de borrar.

A Ghost Story, nuestra efímera existencia

A Ghost Story es una película con una poesía visual anodina para los tiempos que corren. Efectivamente, es una historia sobre un fantasma, pero ni es una película de terror ni una parodia, pese a representar al fantasma con una sábana y dos agujeros. Nos encontramos ante un manifiesto filosófico sobre la existencia, la mortalidad y el devenir del tiempo.

C (Casey Affleck) y M (Rooney Mara) son una pareja en crisis, ya que M quiere mudarse pero C desea continuar en la casa donde viven. Todo parece ir arreglándose pero C fallece en un accidente de tráfico y reaparece en forma de fantasma.

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Técnicamente, y pese a su bajo presupuesto, es una obra meticulosamente cuidada. La acción transcurre en una pantalla de 1:33 con los bordes redondeados al estilo diapositiva. Un marco que nos llena de nostalgia y nos encierra claustrofóbicamente en este mundo. Los planos fijos y las largas secuencias son habituales y el movimiento es mínimo. Cabe destacar la famosa escena en la que Rooney Mara devora un pastel durante unos largos minutos. La música también es destacable durante este viaje emocional por toda la  existencia de la civilización y la prácticamente ausencia de diálogos nos ayuda a sumergirnos en ese tedioso lento devenir de los humanos.

Porque el recorrido que hacemos durante toda la película es un recorrido existencial que va más allá de la propia vida. El filme afronta diferentes fases. La primera, el prólogo que muestra la relación entre C y M. Después, tras la muerte de C, la fase de duelo y aceptación de la pérdida. Una tercera fase sería cuando M deja el hogar (y una nota entre las grietas de la pared) y allí queda el fantasma de C viendo cómo van pasando inquilinos. Y finalmente, el derribo de la casa y la construcción de un rascacielos que supondrá el “suicidio” del fantasma que da la vuelta al tiempo y reaparece en el mismo lugar pero muchísimos años antes de la existencia en vida de el propio C.

Las explicaciones a los hechos que acontecen son varias pero no hay duda que nos hace reflexionar sobre la muerte y el olvido, la existencia humana y el efímero legado que dejamos. Porque nadie se queda aquí para siempre, y sólo se mantiene mediante el recuerdo, que no dura eternamente. La voz más destacada (de las pocas que se escuchan) es el monólogo del personaje de uno de los invitados a una fiesta en la casa interpretado por Will Oldman que plantea la principal tesis de la película hablando de que el  legado que todos dejamos y las conexiones que hemos creado desaparecerán, haciéndonos sentir un enorme vacío sobre nuestra propia existencia. También nos sumerge en un viaje a través del tiempo y el espacio que recorremos junto al fantasma. Sin exactitud avanzamos años o pegamos un salto hasta el principio de los tiempos junto al fantasma.

En definitiva, una experiencia existencial no apta para los que buscan un ritmo alto y mucha acción en escena.

Coco, sólo muere lo que olvidas

Otra de las películas que nos hablan de la muerte y del recuerdo es la gran revelación en el cine de animación de esta temporada. La película de Pixar sigue cosechando éxitos con un homenaje al folclore mexicano que posee una potencia visual y una puesta en escena digna del mejor cine. Una película emotiva que nos hace derramar más de una lágrima.

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Miguel Rivera es un niño que proviene de una familia de zapateros. Él ama la música pero en su familia está prohibida desde que un músico abandonara a su tatara abuela, Mamá Imelda. Miguel quiere tocar la guitarra y cantar como su ídolo Ernesto de la Cruz. La noche de muertos, sin embargo, ocurre algo que lo embarca en un viaje por el mundo de los muertos del que para poder volver al mundo de los vivos tiene que recibir la bendición de algún antepasado, aunque para ello le hacen prometer que renunciará a la música.

El tema del recuerdo es parte esencial de la película. En México existe la tradición del día de muertos, cuando los familiares depositan en un altar las fotografías de los familiares fallecidos, junto algún alimento favorito o posesión de éste, con el fin de mantener vivo el recuerdo.

En esta película se viaja al mundo de los muertos, que se mantienen allí porque todavía son recordados. Pero cuando alguien deja de ser recordado en el mundo de los vivos sufre una segunda muerte, la del olvido, y se desvanece en el mundo de los muertos.

El guión de la película es magistral con unos giros que hacen que la narración varíe desde el principio hasta el final. Con unos personajes variopintos y varios guiños a la cultura mexicana con apariciones de personajes emblemáticos como Frida Kahlo. No vamos a desvelar más porque es importante vivir y sentir este viaje con cada una de las sorpresas que acontecen.

La música por supuesto es un elemento indispensable. Y si no lloras al final de la película cuando Miguel interpreta a Coco la canción Recuérdame, no tienes corazón.

Nuestra existencia en este mundo es efímera, nuestro recuerdo dura lo que tardan en olvidarte. Somos una mota de polvo en un universo infinito que apenas dejaremos un legado durante unos años. El misterio de la muerte y de la existencia contado en dos grandes películas que recomendamos ver cuando no estéis muy sensibles.

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